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«¿Siempre has estado tan loco?»


En medio del crepúsculo oscuro cruzaron una amplia llanura volcánica limitada por el contorno de unas colinas. Las colinas eran de un azul intenso en medio del crepúsculo azul y los redondos cascos del caballo producían un sonido monótono en el páramo. La noche caía por el este y la oscuridad se le vino encima en un súbito aliento de frío y quietud, y siguió su camino. Como si la penumbra tuviese un alma propia que fuera la asesina del sol en fuga hacia el oeste, tal como los hombres la creyeron en tiempos. Como tal vez vuelven a creer.
Hombre, lobo y caballo abandonaron la llanura bajo la moribunda luz del día siguiendo unas lomas muy erosionadas por el viento y cruzaron una cerca o lo que había sido una cerca, sus alambres por tierra arrollados y arrastrados y las cortas y desnudas estacas de mezquita adentrándose en fila india en la noche como una ringlera de encorvados pensionistas. Atravesaron el desfiladero entre tinieblas y él se detuvo a contemplar los distantes relámpagos hacia el sur, sobre los llanos de México. El viento batía mansamente los árboles en el desfiladero y traía salivazos de aguanieve.

Cormac McCarthy (En la frontera, 1994)

Sí, señora.

Puso la bandeja entre ambos. Por favor, dijo, sírvete tú mismo.
Mejor será que no. Tendría pesadillas si comiera tan tarde.
Ella sonrió y desdobló una pequeña servilleta de hilo de la bandeja.
Yo siempre he tenido sueños extraños. Pero me temo que son completamente independientes de mi hora de cenar.
Sí, señora.
Los sueños tienen una larga vida. Ahora sueño cosas que ya soñaba de muchacha. Tienen una extraña duración para ser algo no del todo real.
¿Cree que significan algo?
Pareció sorprenderse. Oh, sí, dijo. ¿Tú no?
Bueno, no lo sé. Están en la cabeza.
Ella volvió a sonreír. Supongo que no considero eso una condena, como haces tú. ¿Dónde aprendiste a jugar al ajedrez?
Mi padre me enseñó.
Debe de ser un jugador muy bueno.
Era el mejor que he visto en mi vida.
¿No podías ganarle?
A veces. Estuvo en la guerra y después de su regreso pude vencerle, pero no creo que jugase con atención. Ahora no juega nunca.
Es una lástima.
Sí, señora. Lo es.
Ella llenó otra vez sus tazas.
Perdí los dedos en un accidente de caza, dijo. En el tiro al pichón. El cañón derecho explotó. Yo tenía diecisiete años. La edad de Alejandra. No es nada bochornoso, pero la gente es curiosa. Es natural. Adivino que la cicatriz de tu mejilla se debe a un caballo.
Sí, señora. Fue culpa mía.
Le observó, no sin simpatía. Sonrió. Las cicatrices tienen el extraño poder de recordarnos que nuestro pasado es real. Los sucesos que las causan no se pueden olvidar nunca, ¿verdad?
No, señora.
Alejandra estará en México con su madre durante dos semanas. Luego pasará el verano aquí.
Él tragó saliva.
Pese a lo que mi aspecto puede sugerir, no soy una mujer particularmente anticuada. Aquí vivimos en un mundo pequeño. Un mundo cerrado. Alejandra y yo discrepamos a fondo. Muy a fondo, en realidad. Se parece mucho a mí cuando tenía sus años y a veces tengo la sensación de estar luchando conmigo misma a su edad. Fui desgraciada de niña por razones que ya no son importantes. Pero lo único en que estamos unidas, mi sobrina y yo...
Se interrumpió. Dejó a un lado la taza y el platillo. En la madera barnizada de la mesa quedó un círculo de vapor donde habían estado que fue disminuyendo por los bordes y desapareció. Ella alzó la mirada.
No tenía a nadie para aconsejarme, ¿sabes? De todos modos, quizá no habría hecho caso. Crecí en un mundo de hombres. Pensé que esto me prepararía para vivir en un mundo de hombres, pero no fue así. También era rebelde y puedo reconocerlo en los demás. Sin embargo, no creo que deseara romper cosas. O quizá sólo las cosas que deseaban romperme a mí. Los nombres de las entidades que tienen poder para obligarnos a cambiar con el tiempo. La convención y la autoridad son reemplazadas por la debilidad. Pero mi actitud hacia ellas no ha cambiado. No ha cambiado.
Como ves, no puedo evitar comprender a Alejandra. Ni siquiera en sus peores momentos. Pero no permitiré que sea desgraciada. No permitiré que se hable mal de ella. O que sea objeto de chismorreos. Sé lo que es eso. Ella cree que puede sacudir la cabeza y desecharlo todo. En un mundo ideal, el chismorreo de los ociosos no tendría importancia. Pero he visto las consecuencias en el mundo real y pueden ser muy graves. Pueden ser consecuencias de una gravedad que no excluye el derramamiento de sangre. Que no excluye la muerte. Lo he visto en mi propia familia. Lo que Alejandra desecha como una cuestión de mera apariencia o costumbre anticuada...
Hizo un movimiento rápido con la mano imperfecta que equivalió a la vez a un rechazo y una recapitulación. Posó de nuevo las manos y le miró.
Aunque eres más joven que ella, no es decoroso que os vean cabalgar juntos en el campo sin supervisión. Desde que esto llegó a mis oídos, he estado dudando sobre hablar de ello a Alejandra y he decidido no hacerlo.
Se apoyó en el respaldo. Él podía oír el tictac del reloj del zaguán. No llegaba ningún sonido de la cocina. Ella le observaba.
¿Qué quiere que haga?, preguntó.
Quiero que seas considerado con la reputación de una muchacha.
Nunca fue mi intención no serlo.
Ella sonrió. Te creo, dijo, pero debes comprenderlo. Esto es otro país. Aquí la reputación de una mujer es todo lo que tiene.
Sí, señora.
No hay perdón, ¿sabes?
¿Cómo?
No hay perdón. Para las mujeres. Un hombre puede perder su honor y reconquistarlo. Pero una mujer no puede. No puede.
Siguieron sentados. Ella le observaba. Él dio unos golpecitos sobre la copa de su sombrero en reposo con las yemas de sus cuatro dedos y levantó la vista.
Supongo que debo decir que esto no parece justo.
¿Justo?, repitió ella. Oh, sí. Bueno.
Volvió una mano en el aire como si recordase algo que se le había extraviado. No, dijo. No. No es una cuestión de justicia. Tienes que comprenderlo. Es una cuestión de quién debe decidir. En este asunto decido yo. Soy la persona que decide.
El reloj hacía tictac en el zaguán. Ella seguía observándole. Él cogió su sombrero.
Bueno, creo que debo decir que no tenía que invitarme sólo para decirme esto.
Tienes toda la razón, dijo ella. Por eso he estado a punto de no invitarte.


Cormac McCarthy (Todos los hermosos caballos, 1992)

Acabar de leer esto y no poder evitar soltar un alarido en voz alta. 
Qué jodidamente brillante.