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Dostoievski y el subsuelo

(Mataró, 2013)
«Pero basta que trascurra un minuto para que me enfurezca al advertir que todo eso es mentira, una mentira innoble, una comedia infame. ¡Esa contrición ese enternecimiento, esos propósitos de vida nueva!...»

«Obsérvense a sí mismos con atención, y comprobarán que las cosas ocurren precisamente así.»

«Uno, en el fondo, no cree en su sufrimiento, casi se ríe, pero, a pesar de todo, sufre y muy de veras.»

«Ahora lo repito, lo repito una vez más: todos los hombres activos, son activos porque son obtusos y mediocres.»

«¡Ah, si tratase uno de abandonarse a sus sentimientos, ciegamente, sin reflexión alguna sin buscar ninguna razón, alejando de sí toda conciencia, anquen no fuera más que por algún tiempo!...»

«¡Maldice o adora, pero no estés con los brazos cruzados!»

«Precisamente sus sueños más fantásticos y sus más vulgares tonterías es lo que pretenderá conservar, sólo para demostrarse a sí mismo (como si esto fuera necesario) que los hombres son hombres y no teclas de piano, aunque en verdad lo son para las leyes de la naturaleza, que las tocan, y con tal brío, que pronto no será posible desear nada sin antes consultar el calendario.»

«Si me dicen ustedes que el caos, las tinieblas y las maldiciones pueden estar también calculados de antema y tan exactamente que este cálculo paralizará el impulso del hombre, y, por tanto, la razón triunfará una vez más; si me dicen esto, les contestaré que el hombre no tendrá ya más que un medio para hacer su voluntad: volverse loco.»

«Destruyan mis deseos, derriben mi ideal, preséntenme una meta mejor, y yo los seguiré. Me dirán ustedes, tal vez, que n vale la pena preocuparse por mí; pero piensen que yo puedo responderles lo mismo: Estamos discutiendo seriamente, pero les advierto que si ustedes no se dignan concederme su atención, no me acharé a llorar. Tengo mi subsuelo.»

«La suprema finalidad, señores, es no hacer nada en absoluto. La inercia contemplativa es preferible a todo. ¡Por tanto, viva el subsuelo!»

«Cuando se ama, incluso se puede prescindir de la felicidad. La vida es bella aún cuando se sufre.»

«Pero siempre sucede, Lisa, que el hombre sólo se fija en su sufrimiento: no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara en su felicidad, vería que en todas las etapas de su vida ha tenido momentos felices.»

«Puede suceder que se atormente a una persona por exceso de cariño.»

«El amor es un misterio divino que debe permanecer oculto a los ojos ajenos, pase lo que pase. Esto es lo mejor, lo más conveniente.»

«¿De veras no te sientes profundamente triste aquí?»

«Nunca, nunca fui testigo de una desesperación tan profunda. Lisa tenía la cara hundida en la almohada, a la que estrechaba entre sus brazos. El llanto desgarraba su pecho. Todo su joven cuerpo temblaba, convulso. Los sollozos que se amansaban en su garganta y que la ahogaban, se convertían de pronto en gritos, en ladridos. Entonces hundía aún más la cabeza en la almohada: no quería que nadie de aquella casa supiese que lloraba y sufría.»

«¡Maldito el romanticismo de los corazones puros!»

«Aún hoy, transcurridos tantos años, estos recuerdos me mortifican. ¡Hay tantas cosas que no se quisieran recordar!»

«El diario de este amante de las paradojas no termina aquí. El autor no pudo resistir la tentación de volver a empuñar la pluma. Pero nosotros creemos, como él mismo creyó, que ha llegado el momento de poner punto final.»


Fiódor Dostoyevski (Memorias del subsuelo, 1864)


¡Maldice o adora!

(Londres, 2011)
«¡Perdone! —gritará alguien—. Usted no puede protestar: dos y dos son cuatro. A la naturaleza no le preocupan las pretensiones de usted; no le preocupan sus deseos; no le importa que sus leyes no le convengan a usted. Está usted obligado a aceptarla tal como es y a aceptar todo lo que procede de ella. El muro es un muro…», etcétera. Pero ¿qué importan, Dios mío, las leyes de la naturaleza y la aritmética si, por una razón u otra, esas leyes y ese «dos y dos son cuatro» no me complacen? Evidentemente, no podré romper ese muro con la cabeza, ya que mis fuerzas no bastan para ello; pero me niego a humillarme ante ese obstáculo por la única razón de que sea un muro de piedra y yo no tenga fuerzas para calvario.
¡Como si ese muro pudiera procurarme alguna paz! ¡Como si uno pudiera reconciliarse con lo imposible por la sola razón de que se funda sobre el «dos y dos son cuatro»! ¡Es el mayor absurdo que puede concebirse!
¡Cuánto más penoso es comprenderlo todo, tener conciencia de todas las imposibilidades, de todos los muros de piedra, y no humillamos ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de esas murallas si ello nos repugna! ¡Cuánto más penoso es llegar, siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posición más desesperante respecto a ese tema eterno de nuestra parte de responsabilidad en la muralla de piedra (aunque está claro hasta la evidencia que no tenemos nada que ver con eso), y, en consecuencia, sumergimos, en silencio pero rechinando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, no tenemos enfrente a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa, un engaño, un galimatías! No sabemos «qué» ni «quién», pero, a pesar de todos esos engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos comprendemos.

Fiódor Dostoyevski (Memorias del subsuelo, 1864)

Ha sido un sueño, una ilusión...

(Aeropuerto del Prat, 2013)
Rompí el sello. Era de ella.

«Perdone, perdóneme -me decía Nastenka-, de rodillas se lo pido, perdóneme. Le he engañado a usted y me he engañado a mí misma. Ha sido un sueño, una ilusión... ¡No puede imaginarse cómo le he echado de menos hoy! ¡Perdóneme, perdóneme! No me culpe, porque en nada he cambiado con respecto a usted. Le dije que le amaría y ya le amo, y aún le amo más de la cuenta. ¡Ay, Dios mío! ¡Si fuera posible amarles a ustedes dos a la vez! ¡Ay, si fuera usted él! ¡Ay, si él fuera usted! ¡Dios sabe lo que yo haría por usted ahora! Sé que está usted apesadumbrado y triste. Le he agraviado, pero ya sabe usted que quien ama no recuerda largo tiempo el agravio. Y usted me ama. Le agradezco, sí, le agradezco a usted ese amor. Porque ha quedado impreso en mi memoria como un dulce sueño, un sueño de esos que uno recuerda largo rato después de despertar; siempre me acordaré del momento en que usted me abrió su corazón tan fraternalmente, en que tomó en prenda el mío, destrozado, para protegerlo, abrigarlo, curarlo... Si me perdona, mi recuerdo de usted llegará a ser un sentimiento de gratitud que nunca se borrará de mi alma...Guardaré ese recuerdo, le seré fiel, no le haré traición, no traicionaré mi propio corazón; es demasiado constante.
Perdónenos, y recuerde y quiera a su Nastenka.»

Leí varias veces la carta con lágrimas en los ojos. Por fin se me escapó de las manos y me cubrí la cara. 



Fiódor Dostoyevski (Noches blancas, 1848)